los bien pensantes
“Siempre me han causado fascinación los bien pensantes. Desde niño. La clase de gente que se consideraba a sí misma moralmente modélica. Los que lo tenían todo claro. Los que nunca dudaban. Primero me fascinaban porque creía que las cosas eran así y ellos poseían realmente la razón. Ahora, más bien, me dejan atónito.
Además con la edad he ido observando que la gente bien pensante es, demasiado a menudo, muy mal pensada. Porque en realidad, todo depende de cómo mira uno a los demás. Y del modo en que considera la existencia de los otros. O quizá sea mejor decir del modo en que la desconsidera. Los bien pensantes se dan mucha importancia a sí mismos. Y yo creo que eso se debe simple y llanamente a que se la quitan al prójimo. Porque, para los bien pensantes, el prójimo resulta algo más bien sospechoso y molesto.
Una mancha informe que carece de valores y actúa movida por el egoísmo y la envidia. Cuando no por las bajas pasiones, claro. Y por si alguien aún lo duda, los bien pensantes son, sin más, los que se tienen por tales. Basta con eso. Es un título que uno se concede a sí mismo. Una gracia que uno se arroga. Y que acarrea la bonita certidumbre de estar en posesión de la verdad. Lo que en la práctica significa que los demás andan escasos de ella. De hecho, los demás, aunque sólo sea por estar ahí, son, como digo, una fuente de preocupación constante para los bienpensantes. Aunque sólo hasta cierto punto, claro. Porque los bien pensantes no sólo poseen la verdad. También poseen una posición, ya me entienden. Y por supuesto, la autoridad moral que de ello se deriva.
Y las correspondientes bendiciones de los encargados de impartirlas. Va todo un poco unido. De ahí que los bien pensantes nunca duden en impartir lecciones de moral. O en levantar la voz con el ceño fruncido y el índice enhiesto. Por eso, si hay una cosa que los bien pensantes soportan mal es la pérdida del poder político. Es algo que cuando menos les causa una incómoda extrañeza. Y puede llegar a ponerles furiosos, es un hecho observable. Por otro lado, uno de los grandes artefactos psicológicos inventados por los bien pensantes es la duplicidad. La doble moral.
Eso sí que es un verdadero lujo. Una ‘delicatessen’ que consiste en hacer en privado lo contrario de lo que se pregona en público, sin sentir el menor remordimiento. Todos conocemos al respecto un montón de historias deliciosas. En fin. Supongo que la doble moral debe de ser una maravilla porque hace que uno se sienta por encima de la ley. Y ésa es una experiencia que naturalmente muy pocos pueden permitirse. Yo trato de imaginármelo, pero soy consciente de que en este aspecto la realidad puede darle cien mil vueltas a la imaginación.”
Fuente: el correo digital
Autor: F.L.Chivite



me parece un artículo muy interesante.
además está muy bien posteado.
¡Animo! Vais por un buen camino